viernes, 9 de agosto de 2013

Pálido monstruo de Juan Bolea



Tras un periodo estival en el que he podido disfrutar de las bondades del Pirineo Aragonés y de la ciudad más modernista de España –o sea, Barcelona-, regreso poco a poco a la eterna cotidianeidad. Aunque cierto es que este Gijón del alma da mucho juego en el mes de agosto, preludio necesario de un otoño templado y de un invierno perpetuo.

Por su parte, mi amigo Baltasar, desde su reducto en Boiro, me envía un monitorio exigiéndome por la vía penal la resurrección inmediata de este portal. Con este diverso y multidisciplinar mes de agosto, pocas ganas le quedan a uno de hablar de lo humano y de lo divino. Y la ‘abuela ye-yé’ refrenda este monitorio. Haremos lo que se pueda.

Este verano he leído Pálido monstruo. La última obra del indiscutible gaditano Juan Bolea. Una obra desmenuzada con un bisturí zaragozano para adentrarnos en los recovecos más inhóspitos de la Zaragoza de Juan Alberto Belloch. Con la destreza que caracteriza al maestro Bolea, preclaro cronista zaragozano y martirio de todo político que se menea en las tierras del Ebro, la novela nos describe una Zaragoza corrupta y desenfadada, principio y fin de depravaciones varias y orgías políticas, sociales, económicas y humanas. Pero siempre aderezadas con el condimento de una femme fatale que pone el inevitable toque sensual y erótico a esta excelente novela.

A través de sus páginas, Juan Bolea nos recorre la Zaragoza de El Tubo, de la Plaza de El Carbón, y de la Ribera. Zaragoza se nota y traspasa en cada una de sus párrafos. La obra rezuma aragonesismo por todos los poros de su piel. ¿Por qué Bolea escribe esta novela? ¿Tanto le debe el andaluz a la Cesaraugusta para tributarle esta obra? En cualquier caso, recomiendo esta lectura; una lectura ágil, amena y, sobre todo, transparente. Pero todo obra, hay que ponerle un ‘pero’. Esta vez en forma de interrogante. ¿Por qué no aparece en ningún momento la que durante varios años es la mujer de su vida? Me refiero a Martina de Santo. Una injerencia de esta inspectora de policía –aunque fuera de soslayo-, hubiese acrecentado el cosquilleo a la ficción, aunque en el fondo y en la forma, Pálido monstruo tiene poco de ficción y mucho de exactitud.

Este insigne narrador da mucho juego como novelista. Ha quedado de manifiesto en diversas ocasiones. Pálido monstruo es una gran novela en la que el lector no sólo encontrará misterio, intriga y sensualidad, sino también una destacada maestría narrativa y, como no podía ser de otra forma de la mano de Juan, un meticuloso y desmenuzado conocimiento de la vida política zaragozana; sobre todo, de esa vida política que se cuece y se sirve de espaldas a los ciudadanos, y en la que sólo importa el sillón de turno. Como decía antes, ello acicalado por una femme fatale que pone ese necesario toque de sensualidad y erotismo que siempre caracterizan a las obran del maestro Bolea.

Sea como fuere, este insigne gaditano afincado en Zaragoza ya ha traspasado todas las fronteras posibles de la narrativa más cristalina. ¿Qué le queda al azote de los politiquillos aragoneses? Sólo un paso. Reconvertirse en editor. No tardará en debutar en tales haciendas. La última edición de la famosa Semana Negra de Gijón lo evidenció. Dentro de pocos meses, veremos la luz en este túnel. Saldremos de la duda.

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