martes, 21 de enero de 2014

La vida y la muerte



Muy recientemente acaba de nacer un niño en mi familia. Como toda natividad, ello es motivo de alegría, satisfacción y, sobre todo, de esperanza. 

La casualidad hizo que aterrizara en este mundo de dimes y diretes, de Sánchez Gordillo, Bárcenas, Diaz Ferrán y otros seguidores de Ali Babá el mismo día que se cumplían años del fallecimiento de otro familiar mío. ¡Qué casualidad! La vida y la muerte se entrecruzan el mismo día. Muchos años de diferencia pero el mismo día. Y ello, en el fondo produce cierta nostalgia; el hecho de comprobar cómo el tiempo pasa de forma veloz, sigilosa e implacable.
Señalaba Agatha Christie que había aprendido a no dar marcha atrás, porque la esencia de la vida es ir hacia adelante. Concretamente afirmaba que la vida es una dirección de camino único. Por eso es importante disfrutar de todos y cada uno de los momentos de la vida porque son irrepetibles y exclusivos. 

En medio de esta algarabía, del embrollo que produce la llegada al mundo de un niño, me tropiezo con otra imagen totalmente antagónica. Observo como un proyecto empresarial se hunde en el océano de la estupidez humana, abrazado al egoísmo absoluto, y tamizado por el ego añejo que se origina cuando alguien invierte en material que desconoce por completo. Es el rostro de la muerte. 

Vivimos tiempos difíciles en los que hay que ser muy cuerdo, muy serio y, sobre todo, muy equilibrado mentalmente para ciertos proyectos empresariales no perezcan de forma cruente. El que nos ocupa, tiene los días contados. No estoy hablando de la película de Imanol Uribe. Es realidad a lo que me refiero. Las cosas hay que hacerlas bien, invertir en aquellos espacios que el inversor conoce y domina. Pero a su vez es importante que se deje libertad de gestión. Sin esta posibilidad, el óbito está asegurado. Lo peor, los cadáveres que se van quedando en el camino, tanto personales como profesionales. También los que quedarán. Por ello, resulta fundamental una retirada a tiempo, salvar tu camarote; a ser posible, el de tus más próximos, pero con asertividad, sentido común y serenidad. El barco se está hundiendo. No logramos nada quedándonos en la proa o en popa observando de forma impotente,  porque no existe capacidad de reacción, como el buque se escora peligrosamente a pesar de los esfuerzos de su comandante por salvar el galeón. ¿Y el resto de la tripulación? ¿Y los armadores? El barco lo compone su comandante, su tripulación y sus armadores. Todos ellos deben tener un mismo objetivo: sentir la embarcación como propia. Sólo así, con esta unidad, se puede resolver el tema. De lo contrario, el deceso está asegurado. El resto de medidas son huecas y sin sentido. 

El tiempo. La vida y la muerte entrelazadas nos hacen vulnerables, aunque alguno crea lo contrario y se considere inmune. Ahora lo importante es coger un bote y nadar hacía la costa. Hoy la meteorología es nuestra aliada. Mañana se desconoce. Como decía antes, hay que aprovechar el tiempo. No merece la pena sufrir por aquellos que no lo merecen. Sea quien sea, aunque sea el armador de tu barco. Al revés no lo haría. Seguro.

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