martes, 14 de enero de 2014

Ratas de alcantarillas y sus victimas



Todas las ciudades tienen las típicas ratas de alcantarilla. Pero en este país de piel de toro, de Blesa, de Fabra, y de Díaz Ferrán tenemos unas ratas de alcantarilla que han estado en las cloacas de nuestra sociedad durante algunos años (por cierto, muy pocos para la barbarie asesina que cometieron) y ahora se dejan ver en el matadero de Durango. 

Mi pareja suele decir que las casualidades no existen. En este caso menos todavía. Resulta paradójico el hecho de que aparezcan alli. Pero aún resulta más curioso ver esa imagen. Un grupo de tipo acartonados, viejos, arrugados, con rostros ajados e inmutables que desconocen las palabras ‘libertad’ y ‘democracia’. Es una vergüenza la sentencia de Estrasburgo. 

Conocí a una persona que vivió en sus propias carnes lo que significó vivir con miedo en el Pais Vasco durante los años de plomo, que diría Isabel San Sebastián. Vivió muy de cerca, tan de cerca que le salpicaron esquirlas, la lacra asesina de ETA. Él, que siempre fue recto y estricto en todos los actos de su vida, comentó en más de una ocasión que “el conflicto vasco terminaría de mala manera; de una forma que no iba a gustar a nadie, ni a las victimas ni a los partidos abertzales. Pero que terminarían porque más de mil victimas era un peaje demasiado caro para un país como el nuestro”

Recuerdo con cariño aquellas palabras especialmente ahora que estas ratas de alcantarilla han dado la cara para volver a reírse de la sociedad que les vio nacer, entre las que se encuentra la Iglesia Católica, los partidos políticos, y la burguesía vasca. 

Cierto es que la imagen de estas bestias inmundas me producen nauseas pero también es cierto que este conflicto tiene que terminar de una p… de vez. Las víctimas tienen que descansar en paz para siempre; sus familias pasar página, e intentar olvidar (y digo bien, hay que intentar mirar al futuro con serenidad); la clase política tiene que entender que las víctimas no son una moneda de cambio para nada, ni son un trofeo para exhibir cada cuatro años. 

Este conflicto debe terminar de una puñetera vez, aunque cierto es también que el Tribunal de Estrasburgo hizo un flaco favor para ello. Antes que incentivarlo, con su sentencia vertió combustible sobre un fuego que estaba comenzando a apagase. ¿El resultado? Es incierto, pero previsible. Falta sensibilidad y sentido común por todas las parte. Y digo bien, por todas.

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