lunes, 30 de junio de 2014

Ana María y David



Ana María y David son los dos nombres más destacados de la semana que concluyó ayer. Me refiero a Ana María Matute y a David Villa.
La primera, fabuladora como ninguna otra y una excelente humanista, además de una escritora preclara se ha marchado en silencio, sin aspavientos, de forma discreta y sin llamar la atención. Tal y cómo vivió, tal y cómo escribió. Así era, dulce, única y excepcional en el panorama literario español de la posguerra. Una mujer, que ya desde sui juventud, le tocó atarse los machos y defender sus derechos más allá de los dictados de su cabeza. Porque era piel, y escribía y vivía según le dictaba la piel. Así de esta manera ha alcanzado todos los éxitos literarios habidos menos uno. El Príncipe de Asturias de las Letras. En este punto no caben medias tintas ni paños calientes. Menos aún pamplinas palanganeras. Ha sido una tremenda injusticia que la mejor escritora española de los últimos dos siglos se haya marchado sin el primer reconocimiento a nivel internacional, detrás del Nobel. Es tremenda injusticia que, para no variar, intentaremos limpiar y airear cuando ya no hay remedio, cuando “La Matute” ya no pueda ver ni disfrutar. No hay derecho. No es justo ni mucho menos ético. Pero ya sabemos a qué huele el panorama literario español últimamente. Sólo espero que esa mujer de pelo cano, mirada suave y cuentista como nadie perdone a quien corresponda tan infame injusticia. Yo, no. Digo.
Cambio de tercio. Esta semana pasada ‘La Roja’ mustia y cabizbaja regresó a casa. Lo hizo por la puerta de atrás, sin ojos ni oídos que vieran o escucharan. En Brasil se ha hecho el mayor de los rídiculos que jamás ha podido hacer el deporte español en toda su historia. Tal fue el fiasco, la vergüenza y el rubor que la cohorte de Villar no permitió que cuando llegaron al Aeropuerto Adolfo Suarez Madrid Barajas pudieran ser recibidos por el público que allí les esperaba. Otro mangoneo. Pero mayor decepcion ha sido el trato que se le ha dado al mayor y mejor goleador de la Selección. Sí, me refiero al Waje, ése asturianu’ de corazón, icono de muchos, y futbolista haya dónde los haya. Me gustaría que tremendo delito cometrió el de Tuilla para que, ya en el partido contra Holanda, al ver cómo empezaban a ir las cosas no saliese a jugar. Ni mucho menos en el encuentro contra Chile. ¿Una mano negra? ¿Otro chamullo con aires de Las Rozas? No lo sé, ni quiero saberlo. Lo cierto es que él no se merecía un adiós del fútbol español tal y cómo se ha hecho. Merecía jugar, meter goles, y demostrar que no sólo por optar a jugar con ‘La Roja’ antes de que con la de Brasil, es uno buen jugador. Mejor que el Waje haberlos hailos pocos buenos. Seamos serios, paisanos de verdad. Quiero creer que en medio de toda esta mugre no estará la mano de cierto entrenador baboso y mezquino, patrón de la mugre y de la basura, que anduvo por Valdebebas.
Dos claras injusticias de las que ya no cabe marcha atrás ni apaños para enmendar. Lo dijo Pilatos, lo escrito, escrito está. Lo hecho, hecho está. Pero no es justo lo que se ha hecho con estas dos figuras. Si la niña de pelo blanco se merecía el Príncipe de Asturias de las Letras, también el Waje merecía ser tratado de otra manera más ética, más limpia, más humilde.
Espero que quién las haya hecho, las pague. Como decía la propia Matute, la vida pasa factura. Y siguiendo sus consejos, quienes quedamos, seguiremos inventando porque seguiremos viviendo. Es la vida a pesar de los cicateros malnacidos que cometen impunemente toda clase de injusticias.  

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