sábado, 24 de enero de 2015

De carne y hueso

Ciertamente me he retrasado cuarenta y ocho horas a propósito. Ayer viernes se celebró en Gijón un acto simbólico y con un más que profundo contenido social. La Federación de Asociaciones de Vecinos de Gijón entregaba el Premio Solidaridad 2015 a FICEMU (Fundación para la Investigación con Células Madre Uterinas), y lo recogía quién tenía la obligación de recogerlo: el doctor Francisco Vizoso, porque los demás estamos obligados a ocupar segundas y terceras filas.
Esta fundación, laureada por muchísimos, santo y seña de Gijón pese a quién le pese, echó andar por el coraje de un grupo de ciudadanos que, tras atender a las explicaciones del propio doctor Vizoso, creímos firmemente que Gijón se merecía algo grande, una gesta por la cual la Villa de Jovellanos se situara en el mapa mundial de la investigación médica. Recuerdo sus inicios, sus balbuceos, sus primeros pasos y, al final, cuando comenzó a articular sus primeras silabas… Ha sido un recorrido apasionante, que emociona al más pintado. Pero también se dieron momentos difíciles en los que las borrascas y las tormentas acecharon con virulencia; días grises en donde los voceadores de la estupidez humana intentaban que aquel niño dejara de caminar y, a ser posible, de respirar. No eran conscientes de que la terquedad de un niño como ése era más férrea que sus puercas labores.  
Afortunadamente eso ya forma parte del pasado. El avión ya rueda por la pista del aeropuerto. Todo el que se tenía que subir, ya está en su asiento, y los que no, ni están ni se les espera. Pero también ay de aquel que hubiera querido subirse y no lo ha hecho porque ya no está a tiempo. El avión ya está lleno. Todo el pasaje en sus asientos y los motores rugen cada vez con más intensidad esperando la orden de la torre de control para comenzar a tomar altura. En la cabina, su comandante, con su incondicional tripulación alrededor, dispuesto para alzar la nave y levantar el vuelo sin mirar atrás, sin titubear, sin escuchar esas voces oxidadas y enmohecidas que creen que todo el mundo es tan ruin como ellos.
Al comandante, con sangre gallega pero corazón gijonés, no le tiembla el pulso para asir con energía los mandos. Es un gran tipo, sencillo, humilde, al que la vida le está sonriendo de diferentes maneras, pero que sabe muy bien como tripular esta mole inmensa que resplandece con luz propia.
Uno de los logros más difíciles para un médico no es curar a un enfermo, hoy día eso es relativamente fácil. Lo complicado para un médico es convertir a sus pacientes en amigos, y reír con ellos, y llorar con ellos, y compartir una sidra o el adiós a un amigo común. Y esto, el doctor Vizoso lo ha conseguido. Como ayer dijo su mano derecha, «yo quisiera ser como él». Y yo también, amiga Noemí.
Me sentí orgulloso, y como yo el resto que anoche lo arropamos. Vi correr más de una lágrima, percibí la emoción de propios y extraños, y sobre todo, reparé en los rostros de algunos que reflejaban la paz interior que sentían por el deber cumplido porque, como él mismo dice, el mayor fracaso es no intentarlo.

Anoche Gijón volvió rezumar luz propia, la luz de la esperanza para muchos que no tienen voz pero sí fecha de caducidad. Esta iluminación sólo puede ofrecerla una única persona: alguien de carne y hueso, que aglutina, une y reúne… en torno a su trabajo diario como médico, como investigador, pero sobre todo, agrupa y convoca como ser humano. Un lujo al alcance de pocos, aunque en el fondo seamos muchos, ¿o no?

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