viernes, 1 de julio de 2016

Una ciudad abandonada…

Esta semana anduve por la bilmilineraria Cesaraugusta. Llevaba alrededor de medio año sin pisar sus aceras, y la sorpresa que me he encontrado ha sido bastante desagradable.

Me he encontrado con una ciudad, vieja, abandonada, gris, ajada, y hasta en ocasiones mal oliente.  Me ha sorprendido la desidia de sus aceras y sus calzadas: plagadas de baches y socavones. Me he encontrado con unas aceras abandobadas a su suerte.  He recorrido varias zonas de la ciudad para comprobar si mi percepción era subjetiva o, por el contrario, era el latir generalizado de la capital del Ebro. Lamentablemente he comprobado que el edema es generalizado. ¿Dónde está la luz, cuidados y atenciones que respiraba en el 2008, cuando la urbe albergó la EXPO?

Más de lo mismo me ha sucedido con sus conciudadanos. He visto caras tristes, opacas, aturdiudas… gentes conformistas a las que se le nota un notabilísimo grado de resignación. En resumen, me he encontrado una ciudad oscura y apagada; y, como no puede ser de otra manera en estos casos, sus moradores respiran el mismo aire. ¿Es éste el efluvio de un ayuntamiento inconsciente, alejado de sus vecinos, y monolítico? Podría ser, si observamos su actitud ante la huelga de la empresa de transportes urbanos que paralizó durante varias semanas a la ciudad, y su alcalde fue incapaz de resolver.

Las ciudades tienen que ser vivas, alegres, dinámicas, aunque no miren al mar. Pero nada podemos esperar  de una ciudad aletargada en sus miserias y alimentada por un ayuntamiento incompetente, incapaz de dar un solo paso en favor de sus ciudadanos. Recuerdo cuando otrora se criticaba con dureza a cierta alcaldesa de esta misma ciudad porque gobernaba a base de embellecer y decorar la ciudad de flores. Sin embargo, en aquella época la ciudad ensanchaba más sus pulmones que en la actualidad, y la alegría y la vida te la tropezabas en cualquier esquina. ¿Qué ha cambiado?

Las ciudades inhalan los vientos que mueven la Casa Consistorial. Si en ésta se respira alegría, interés por los ciudadanos, compromiso y ganas de trabajar, en esa ciudad sus habitantes respirarán alegría, interés, motivación y un sinfín de aires más que ahora no se aprecian en la Zaragoza de Pedro Santiesteve: un alcalde más preocupado por su peinado que por aquello que realmente preocupa a sus convecinos.


Marché de Zaragoza ayer dejando tras de mi una grandísima estela de abandono, dejadez y desidia. Al devenir los kilómetros, no puedo por menos que preguntarme qué dirían aquellas mentes preclaras, como Agustina de Aragón, Miguel Servet, Joaquín Costa, Pablo Serrano, Ramón de Pignatelli o Ramón y Cajal, si contemplaran la pereza, apatia, desgana que se respira en la ciudad. Si esos nombres darán brillo y esplendor de por vida a la ciudad y, en consecuencia, a la comunidad autónoma, está claro que el nombre de Pedro Santiesteve también pasará a la historia de la ciudad como aquel prócer ineficaz por naturaleza; improductivo por derecho; y carente de sentido común que ha sumergido a la ciudad en una niebla y en un chapapote eternos. Ahora, la solución está en menos de los ciudadanos, y en las urnas. Que nadie se llama a engaño al dia siguiente de la próxima convocatoria electoral. ¿Oído cocina? 

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